16 Num 2 2024: Julio - Diciembre Revista Aletheia


DOI:https://doi.org/10.11600/ale.v16i2.798

La mujer campesina, un territorio para dignificar, hacer memoria y cuidar de la vida

The peasant woman, a territory to dignify, make memory and take care of life

A camponesa, território a dignificar, faça memória e cuide da vida

Fecha de ingreso:04 de julio de 2024

Fecha de publicación:18 de noviembre de 2024




Lina María Gutiérrez Joven1 Martha Cecilia Lozano Ardila2 Néstor Daniel Sánchez Londoño3

1Politóloga de la Universidad del Cauca. Estudiante de la maestría en Educación y Desarrollo Humano de CINDE-Universidad de Manizales. Participante en la estancia de investigación del proyecto BPIN 202000010046, según convocatoria pública No. 01-2022. Campesina, cacaocultora y Artesana. gjlina96@gmail.com

2Psicóloga de la Universidad Católica de Colombia. Magister en Desarrollo Educativo y Social de Cinde-Universidad Pedagógica Nacional. Doctora en Ciencias Sociales, Infancia y Juventud Cinde-Universidad de Manizales. Correo electrónico: mlozano@cinde.org.co, Orcid: https://orcid.org/0000-0001-5061-6434.

3Licenciado en Educación Física, Recreación y Deporte. Universidad Católica de Oriente. Magíster en Educación y Desarrollo Humano. Cinde-Universidad de Manizales. Magíster en Dirección. Universidad del Rosario. Correo electrónico: ndanielocio@gmail.com, Orcid: https://orcid.org/0000-0002-9536-7424.



Resúmen

El presente artículo de reflexión aborda el tema de la mujer campesina, cuyo cuerpo es considerado el primer territorio, y analiza sus roles dentro de la ruralidad, desde una perspectiva descolonial. El objetivo es fomentar un diálogo entre el contexto y las sujetas que lo habitan. Este ejercicio académico, surge en la colectividad del semillero de investigación nodo Garzón con la intención, entre otros objetivos, de generar propuestas para el cuidado del territorio y la vida en el municipio, de manera que articule los saberes ancestrales, populares e institucionales. Es una posibilidad para seguir cuestionando las estructuras patriarcales que aún nos atan a unos escenarios violentos, de profunda inequidad, precariedad laboral y educativa, y discriminación sexual. Además, busca tejer una memoria colectiva que nos invita a seguir la juntanza para seguir tejiendo con la palabra la memoria colectiva.

Palabras Claves:Mujer campesina, cuerpo, territorio, memoria, experiencia, juntanza.



Abstract

This reflection article addresses the issue of the peasant woman, whose body is considered the first territory, and analyzes her roles within rurality, from a descolonial perspective. The objective is to promote a dialogue between the context and the subjects that they inhabit. This academic exercise arises in the community of the Garzón node research hotbed with the intention, among other objectives, of generating proposals for the care of the territory and life in the municipality, in a way that articulates ancestral, popular, and institutional knowledge. It is possible to continue questioning the patriarchal structures that still tie us to violent scenarios, deep inequality, job and educational precariousness, and sexual discrimination. Furthermore, it aims to create a shared memory that encourages us to keep coming together and continue building collective memories through words.

Keywords:Peasant woman, body, territory, memory, experience, gathering.



Resumo

Este artigo de reflexão aborda a questão da mulher camponesa, cujo corpo é considerado o primeiro território, e analisa os seus papéis na ruralidade, numa perspectiva descolonial. O objetivo é promover um diálogo entre o contexto e os sujeitos que habitam. Este exercício acadêmico surge na comunidade do pólo de pesquisa Garzón com a intenção, entre outros objetivos, de gerar propostas para o cuidado do território e da vida no município, de forma que articule saberes ancestrais, populares e institucionais. É possível continuar questionando as estruturas patriarcais que ainda nos prendem a cenários de violência, profundas desigualdades, precariedade profissional e educacional e discriminação sexual. Além disso, visa criar uma memória partilhada que nos incentive a continuar a unir-nos e a continuar a construir memórias coletivas através das palavras.

Palavras-chave:Mulher camponesa, corpo, território, memória, experiência, encontro



Introducción

Cuando se habla de las mujeres en el medio rural, se hace referencia a grupos sociales muy diversos que sistemáticamente han sido homogeneizados bajo una imagen estereotipada y prejuiciosa (Munster et al., 2021). Las mujeres campesinas y rurales con frecuencia son invisibilizadas, ignoradas o subvaloradas. Por esto, el presente artículo se propone hacer una reflexión en torno las mujeres del campo y de la ruralidad, sus resistencias, sus formas de construir memoria y las estrategias que han utilizado para posicionarse en sus territorios. Pensar en las mujeres campesinas y rurales es un compromiso ético-político para reflexionar sobre su contexto histórico, social, cultural y político, sobre todo si se tiene en cuenta que en Colombia y otros países de América Latina, ellas son a quienes la guerra, la violencia doméstica y familiar les ha arrebatado la posibilidad de decidir sobre la estética, la maternidad o sus roles de género. No se puede olvidar que sobre el cuerpo de las mujeres se han usado dispositivos de dominación y poder, como las violencias físicas, sexuales o la limitación de sus libertades, cuyas huellas son históricas, porque como se expresa en el informe: “La lucha de las mujeres por la igualdad en América Latina y el Caribe” (CLACSO, 2018). El cuerpo, el espíritu, la mente, el corazón y la ancestralidad están interconectados, configurando un tejido único y complejo en cada ser, en cada mujer y con él se construye memoria personal, social e histórica.

En términos laborales, el panorama no es menos importante. Los oficios de las mujeres campesinas y rurales son diversos, arduos, fuertes y calificados en la productividad rural. Un 64% de este grupo de mujeres trabaja en agricultura y tiene bajos ingresos. A esto se suman las pocas oportunidades para participar en espacios de toma de decisiones y el poco acceso a recursos económicos a través de créditos y mercados para fortalecer su vida productiva. Esta situación es agravada por las crisis globales en materia económica y alimentaria (ONU Mujeres, 2023). Las mujeres campesinas y rurales tienen roles diversos y contribuciones a la familia y al territorio que no son homogéneas, al igual que sus necesidades e intereses. Sin embargo, una característica común a todas ellas es la vulnerabilidad económica que caracteriza en general a las mujeres campesinas y rurales de los territorios del departamento del Huila y se puede decir que en todo el campo y la ruralidad colombiana.

Según ONU Mujeres (2023), las mujeres rurales representan la cuarta parte de la población mundial. Trabajan como agricultoras, labran la tierra y siembran sus semillas, las cuales alimentan a naciones enteras y contribuyen a la soberanía alimentaria de sus comunidades y territorios. Por lo general, son asalariadas y solo algunas pocas logran convertirse en empresarias a través de sus iniciativas productivas. Sin duda alguna, en medio de la crisis actual en relación con el medio ambiente y la protección territorial, las mujeres rurales y campesinas somos fundamentales para el desarrollo alternativo al que impone el modelo neoliberal.

La feminización de las limitadas oportunidades laborales, el ocultamiento de su trabajo en el hogar y en el campo, las ocupaciones en empleos de bajas remuneraciones y poco reconocimiento, junto con la limitada posesión de activos son un breve panorama de lo laboral en este grupo de mujeres (Munster et al., 2021). Es crucial destacar que las labores relacionadas con el cuidado del territorio y de la vida son fundamentales para el sustento de las familias y sus comunidades. El trabajo no remunerado, como el de la atención y cuidado de la familia, también ha sido invisibilizado. Estas circunstancias han provocado generaciones de mujeres que se manifiestan ante estas formas que atentan contra la dignidad, integridad y la vida misma. Dado lo anterior, cabe mencionar que este artículo está pensado y sentido por la autora principal desde la perspectiva de mujer campesina, a quien, desde los oficios y saberes, genera una memoria colectiva. Por lo tanto, el primer reconocimiento que se debe hacer es en torno a su cuerpo, como primer territorio, es brindarle condiciones para ejercer libremente las formas en que quiere habitarlo. El siguiente paso tiene que ver con su labor, sus oficios y saberes que pone a disposición de su familia y comunidades. Por lo tanto, es importante que exista la titulación de las tierras en las que las mujeres habitan y trabajan, así como derechos sexuales y reproductivos efectivos y accesibles, educación en todos sus niveles y condiciones laborales dignas. Esto puede contribuir a potenciar su desarrollo humano y el de sus familias, fortalecer su identidad territorial para que no tengan que emigrar a la precariedad laboral en las ciudades, ampliar sus recursos para el cuidado de la vida y del territorio.

Hablar del cuerpo como el primer territorio es reconocer que es el medio de expresión de la identidad, de las experiencias vividas, de manifestación de la relación que sostenemos con los demás en unos entornos específicos y que en ocasiones estos cuerpos son objeto de disputa, como sucede en la violencia en el ámbito familiar, social o político. El cuerpo es a la vez territorio de expresión de resistencias, de resiliencia, dignidad y re-existencia. En palabras de la autora Eva María, el campo colombiano no solo está poblado solamente de hombres solteros y viudos, sino que también es habitado, trabajado, sostenido y protegido por mujeres, ya sea como madres cabeza de familia, esposas o compañeras permanentes. En ese sentido, se deben reconocer por igual a todos los actores que intervienen, sin sesgos de género, clase, etnia y pertenencia cultural (Díaz, 2019). Esto se relaciona con lo planteado sobre el cuerpo de las mujeres, su rol y las violencias que las han atravesado en este inagotable camino de defender la vida y el territorio. Es darles un lugar muy importante en términos de derechos, leyes que nos sostengan de forma digna y no a través de la productividad, como suelen llegar a la ruralidad, con programas de pollos y emprendimientos, situados desde las directrices del desarrollo rural, con una idea donde el progreso es más importante que el sentir y las necesidades de las mujeres. Es necesario que las mujeres campesinas y rurales exista un sector específico en los planes de desarrollo nacional y que tenga en cuenta que somos quienes aportan de manera importante al Producto Interno Bruto (PIB) del país (Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer [CEDAW], por sus siglas en inglés, 2019).

De esta forma, sentipensar sobre de las mujeres campesinas, desde una perspectiva descolonial, tiene el propósito de contribuir a la histórica resistencia ante las imposiciones en formas de hacer y ser por el hecho de ser mujeres y, sobre todo, campesinas. Además, se pretende mostrar cómo resisten la colonización, la negación del cuerpo, las diversas formas de ser desde lo ancestral y el desconocimiento de los saberes y oficios que las sostienen en sus territorios. Consideramos, al igual que Moore (2018), que el modelo ilustrado de Occidente ha producido discursivamente a las mujeres “del tercer mundo” como sujetas de uso consuetudinario para oficios y labores determinadas, negando la posibilidad de agenciar nuevas formas de ser y habitar el cuerpo de una mujer. Considerar las luchas de las mujeres contra la opresión, por su parte, hace visible una realidad intangible ante los ojos del patriarcado, al generar condiciones alternativas que respondan a la inmediatez del mercado.

En ese sentido, es fundamental valorar los relatos ancestrales a través de discursos y prácticas anticolonialistas mediante una lectura y una reescritura que resitúe las subjetividades oprimidas, los saberes excluidos y que promuevan acciones colectivas que tensionen las prácticas hegemónicas de la sociedad, especialmente en contra las mujeres, y en este escrito, de las mujeres campesinas. El colonialismo patriarcal europeo, ha pretendido reconfigurar la estructura patriarcal de origen milenario, que antecede a la colonización, con el fin de establecer nuevas formas de opresión contra las mujeres perpetuando así las desigualdades de las mujeres indígenas, negras y campesinas, y además ha definido las relaciones sociales bajo códigos racistas, colonialistas y eurocéntricos (Guzmán, 2019). En Colombia, las mujeres también han sido expuestas a estas imposiciones coloniales a través de un “sistema moderno-colonial de género” (Lugones, 2008, p. 77). Este concepto entrelaza el contexto con un sistema en el que las mujeres en las zonas rurales siguen los mismos patrones instaurados bajo una lógica de la distribución del trabajo por género. A las mujeres se le asignaron las tareas de reproducción y las domésticas, mientras que la producción agrícola campesina, la artesanía, la práctica de saberes y oficios heredados, han sido generalmente asignados para otros. Por otra parte, en general las mujeres han carecido de autoridad para decidir sobre su cuerpo y la forma de habitarlo.

Esta realidad se expone gracias, entre otras luchas, al concepto de interseccionalidad, el cual logra mostrar los diferentes tipos de discriminación y desventajas que surgen de la combinación de identidades (etnia, trabajo, identidad). Desde allí se reflejan las desigualdades que sufren las mujeres y las poblaciones diversas, en este caso las mujeres campesinas, las cuales, en el Huila, como territorio de enunciación, no han sido ajenas a esta realidad. Este territorio también ha sido atravesado por dinámicas coloniales que hasta la fecha han permitido agenciar violencias sistémicas sobre el cuerpo de la mujer campesina, sometiéndola a roles específicos, despojándolas de sus memorias y oficios. A partir de la pregunta “¿Cómo se han inscrito las relaciones de poder en mi cuerpo?”, surge la idea de seguir reflexionando sobre el rol de la mujer campesina en la ruralidad, de modo que podamos hacer memoria a través de los oficios y saberes que sostienen toda una generación de mujeres campesinas, quienes caminan y habitan el territorio a partir de las enseñanzas y ejemplos de sus madres y abuelas. En este recorrido nos acompañará la experiencia de una mujer campesina y los aportes de mujeres académicas latinoamericanas como Silvia Rivera Cusicanqui, Rita Segato y Silvia Federici, quienes abarcan ampliamente estos conceptos y han sido pioneras en abrir debates y controvertir teorías acerca de las mujeres en sus contextos. Es el caso, de la extensa investigación por desenmascarar el papel de la bruja en la historia, como el gran genocidio auspiciado por el Estado y la iglesia, estudiado por Silvia Federici. El taller de historial oral de Cusicanqui, por su arte, nace para no olvidar, para hacer memoria a través de la palabra y las narraciones colectivas, la descolonización de los cuerpos y los territorios. En clave de esta guerra sistemática, Rita Segato nos ofrece un panorama amplio en el que denuncia y enuncia la guerra sistemática sobre el cuerpo de las mujeres.

Estas autoras, generan grandes debates en torno a las luchas de las mujeres rurales y urbanas. Permiten trazar un horizonte más claro en cuanto a las luchas feministas, las formas en que mantenemos nuestras memorias vivas y el caminar de esta generación de mujeres que, gracias a toda una vida de exigencias, hoy podemos, aunque con prejuicios, decidir sobre el embarazo, separarnos, votar y figurar en escenarios de poder. Seguimos teniendo desigualdades en términos laborales, políticos y familiares. A las mujeres se les sigue desapareciendo a la luz de todos y somos ahora somos nosotras, las mujeres, quienes no callamos, escribimos y resistimos juntas. En este sentido, surge una necesidad latente por describir las verdaderas problemáticas de las mujeres rurales y campesinas, puesto que las luchas reivindicativas de los movimientos campesinos se han centrado en la tierra, dejando de lado los problemas estructurales que afectan la vida digna de las mujeres rurales. Por tanto, para comprender lo que rodea los problemas que afectan directamente a la mujer rural y campesina, es necesario entender que se han creado imaginarios de lo masculino y femenino desde este contexto. Estos imaginarios han llevado a la segregación de la mujer bajo un sistema de jerarquía racializada, resultando en la opresión de la mujer campesina (Hernández, 2018).

Reflexión Crítica

Para esta reflexión, desde la investigación documental, fue posible consultar fuentes escritas, grabadas y experienciales, es decir, fuentes documentales, como libros, artículos de revistas, conversaciones y juntanzas. Estas fuentes, en su mayoría, provienen de mujeres, las cuales sirvieron como muestra de las vivencias y sentires en torno a lo que implica ser una mujer campesina y rural. La metodología diseñada para esta reflexión parte de una sistematización de experiencias, la cual fue pensada a partir de las vivencias o juntanzas alrededor del cacao que se fue sembrado en el territorio, como una forma de mantener vivo el oficio y el saber del cacao, principalmente con mujeres campesinas y rurales. Esta elección tiene que ver con una apuesta política como mujer campesina, al enunciar en primera persona las violencias, desafíos y apuestas dentro de los territorios. En la primera etapa, se conformó un archivo de documentos o fuentes duraderas de diverso tipo: escritos, grabaciones audiovisuales, grabaciones sonoras y diarios de campo, en cual dividí por categorías de análisis, cuerpo de la mujer campesina, su rol en la ruralidad, en el cual se priorizaron autoras mujeres. En la segunda etapa, se crearon dos bases de datos, una de las autoras con los trabajos que iba a citar y la otra, con las imágenes por categorías, fecha, lugar. En este paso, se desarrollaron los antecedentes de y posteriormente el análisis de cómo estos trabajos de investigación, entre los cuales, se encuentra, libros, artículos y trabajos de maestría que contribuían a los objetivos de la investigación.

La segunda entapa, es partir del hecho de ser una mujer campesina, desde la cual me enuncio, en quien las estructuras de poder han ejercido relaciones de inequidad frente a los compañeros hombres, y quiero proponer dos puntos importantes para argumentar lo anterior. Primero, tiene que ver con el cuerpo; segundo con los roles dentro de la ruralidad. Esto con el fin de visibilizar un escenario de disputas que durante muchos siglos nosotras, como mujeres hemos dado y seguiremos dando hasta lograr una equidad entre hombres y mujeres, que dignifique nuestra vida en los territorios y, sobre todo, nos devuelva el valor y el papel fundamental de la mujer en la ruralidad. Desde la sociología de las ausencias de Sousa Santos (2018), propone que las mujeres campesinas no suelen ser integradas dentro de las políticas de Estado, generando un “borramiento”, una falta de reconocimiento a su existencia e identidad como campesinas y sujetas que están ubicadas dentro del mismo espacio geográfico, con conocimientos propios, saberes, prácticas y derechos negados desde las monoculturas (Valencia, 2019). Lo que ha implicado, toda una vida de luchas para adquirir derechos básicos, sobre nuestros cuerpos, sexualidad y condiciones laborales dignas.

En esta perspectiva, se hace más visible la historia de nuestras luchas y las transformaciones desde lo que para nosotras es significativo, teniendo en cuenta que existimos entre las diversidades de habitar y ser mujer u hombre, por lo que se hace necesario revisar el contexto, el ambiente, el territorio, las formas organizativas y de juntanza, que hacen parte primordial de nuestra propia construcción social. Además, se generan, discursos frente a las narrativas que transforman de manera permanente la cultura y cosmovisión de nuestras cuerpas, roles y estereotipo. Esta forma es un ejercicio situado que no pretende generalizaciones ni universalismos, pero que, a su vez, pretende la construcción de la historia propia con la perspectiva de género y desde la experiencia vital, que permite ampliar un panorama y darle explicación argumentada sobre las realidades que vivimos en la ruralidad.

La empatía

Siendo así, las emociones juegan un papel fundamental en: la vida humana, la agencia política, el desarrollo humano y, en el actuar ético; ellas le dan color a la existencia, y ayudan a comprender y responder al mundo en el que nos encontramos. En este sentido, nos conectan con los demás y permiten asumir una perspectiva afectiva y ética ante las relaciones, mediante la compasión, el respeto mutuo, la solidaridad, la atención y el cuidado, bajo la sombrilla de la ética del cuidado (Guilligan, 1985) y la interdependencia.

En tanto que “nadie puede sobrevivir sin ser cuidado, y todos cuidamos a otros en distintos momentos de la vida” (Esquivel et al., 2012, como se cita en Faur, 2014, pp. 87-88). la empatía hace referencia a una habilidad tanto cognitiva como emocional y política de las personas, que permite la transferencia del otro y la otra, sin lo cual seríamos incapaces de ponernos en la situación emocional de otro. En palabras de Seoane Pinilla (2024), la empatía tiene un papel principal pues resulta el único modo de poder compartir con los demás esos sentimientos que la justicia, los derechos, las normas morales han de suscitar. (…) socializa los sentimientos y con ello hace posible una comunidad que compartiendo los mismos afectos comparta también la misma noción de justicia a la que se ha llegado por un proceso si no racional, sí reflexivo y calmado que no es ajeno a emociones iniciales. (p. 302) Lo que conlleva a pensar la empatía como posibilidad de imaginar política y afectivamente los pensamientos y sentimientos de otra persona, y conectarse con su experiencia de malestar o bienestar (Riess, 2021). En sintonía, Martha Nussbaum (2014) define la empatía “como la capacidad de imaginar la situación del otro, tomando con ello la perspectiva de ese otro” (p. 179) y, por ende, implica introducirse en la situación del otro, lo cual se traduce en un desplazamiento imaginativo que pasa de la reflexión a la acción ético-política.

En términos generales, se podría afirmar que la empatía, si bien se ha relacionado ampliamente con la compasión (Nussbaum, 2014; Riess, 2021) también es correlato de la cordialidad (Mélich, 2014). Así, la empatía supone una óptica de reconocimiento del otro (Nussbaum, 2014). Por tanto, “la empatía no es posible cuando la existencia del otro no es evidente ante nosotros. La experiencia empática no puede acontecer a partir de una abstracción, sino que requiere de un encuentro para lograr ser configurada” (Sevilla, 2021, p. 184).

En ese sentido, la empatía se conecta con la perspectiva alternativa del desarrollo humano enfocada en los potenciales (Alvarado, 2014), por los cuales el despliegue de las dimensiones de la existencia intersubjetiva puede trasegar. Desde las teorías del desarrollo de Erikson (1988); Max-Neef (1998); Sen (2000); Nussbaum (2012b), ancladas, pero no estáticas, en la teoría de las necesidades de Maslow (1958), se asume el desarrollo humano como un proceso complejo y dinámico, impulsado por la satisfacción de una serie de necesidades interrelacionadas y en constante evolución.

En párrafos anteriores se hizo referencia a la importancia del cultivo de la humanidad como lo propone Martha Nussbaum (2006) y de nuevo se trae a colación porque esta tiene una estrecha relación con la ética y la política. La empatía, el juicio moral para evaluar situaciones que generan dilemas y tomar decisiones, el diálogo de perspectivas, la capacidad de descentrarse para comprender a los demás y las habilidades de pensamiento social ayudan a la formación del potencial ético y político, así como a la ampliación del círculo ético en la convivencia y la construcción social de posibilidades de vida dignas y justas. Como lo ha manifestado Martha Nussbaum (2012a), es necesario educar en las emociones morales y políticas para cultivar la humanidad con un sentido y pensamiento crítico sobre sí mismos y sus acciones, con una perspectiva de ciudadanos del mundo, de un mundo globalizado que convoca al encuentro con lo diverso y lo múltiple y a los valores compartidos por toda la humanidad, como el respeto por la vida y el desarrollo de la imaginación narrativa y empática para comprender el mundo de otras personas.

Para esta filósofa la imaginación narrativa tiene como finalidad el diálogo productivo a través del debate fundamentado en el disenso y en la diferencia, y que facilite la comprensión del otro, las relaciones sin la mediación de prejuicios, estereotipos negativos, sin miedo y que posibiliten reconocer, respetar y apreciar las creencias de los demás; de esta manera se construye democracia. Esta imaginación narrativa se aprende desde la infancia a través de la educación del pensamiento crítico, la capacidad para argumentar, para aprender a construir consensos e ir aprendiendo una ciudadanía que genere relaciones equilibradas entre iguales e ir comprometiéndose con el cultivo de la humanidad y la vida humana a través de la empatía.

Nussbaum (2010) se refiere a la empatía como imaginación narrativa. Define la empatía como “la capacidad de pensar cómo sería estar en el lugar de otra persona, de interpretar con inteligencia el relato de esa persona y de entender los sentimientos, los deseos y las expectativas que podría tener esa persona” (p. 132). E insiste en la importancia de enseñarla desde los primeros años en un diálogo entre familia y escuela para cultivar la humanidad en cada niño, niña y joven a través del aprendizaje emocional, porque pueden aprender a través de múltiples relatos, algo que deduce de su lectura del Emilio, de Rousseau. Así lo plantea, pueden “aprender a identificarse con los demás, a ver el mundo a través de los ojos ajenos y a sentir mediante la imaginación el sufrimiento de las otras personas” (Nussbaum, 2010, p. 68).

Nussbaum resalta la importancia de los juegos de las artes y la literatura, la poesía para que ellos y ellas tengan una experiencia estética que ayude al desarrollo de sus habilidades emocionales e imaginativas que les ayude a cultivar su mundo interior, la sensibilidad y la empatía. Este aprendizaje debe continuar en la juventud y en la adultez a través de la participación y el aprendizaje de las humanidades. Dice esta filósofa, “Gracias a los cuentos, las novelas y los poemas, aprendemos a dotar una forma humana de humanidad” (Nussbaum, 2019, p. 246). Concebir a los otros seres humanos como entidades amplias y profundas, con pensamientos, anhelos espirituales y sentimientos propios no es un proceso automático. Por el contrario, lo más fácil es ver al otro como apenas un cuerpo, que por ende puede ser usado para nuestros propios fines, sean estos buenos o malos. Ver un alma en ese cuerpo es logro, un logro que encuentra apoyo en las artes y la poesía, tanto éstas nos instan a preguntarnos por el mundo interior esa forma que vemos y, al mismo tiempo, por nuestra propia persona y nuestro interior. (Nussbaum, 2012b, p. 139).

Los potenciales del desarrollo humano, la empatía y la ciudadanía

Desde Alvarado (2014), el desarrollo humano se comprende “como un proceso intersubjetivo, histórico, contextualizado y permanente, a través del cual los seres humanos construyen su subjetividad y su identidad en permanente tensión y resignificación” (p. 25), en contextos cotidianos de interacción. Esta condición de procesualidad, permite dirigir el ángulo de mirada hacia la potencialidad humana. En este sentido, los niños, niñas y jóvenes, dejan de ser asumidos únicamente como receptores de una realidad social, para ser actores de sus realidades sociales, como sujetos históricos (Zemelman, 2001) que, si bien se identifican con un contexto parcialmente determinado, tienen el potencial de construir - en el presente - otros horizontes de futuros posibles.

Bajo esta perspectiva del desarrollo humano, comprender a las niñas, niños y jóvenes desde su carácter de enteridad implica reconocer “la subjetividad como expresión y expansión del sujeto histórico, social, político, que solo puede darse entre el nosotros, en tramas complejas de intersubjetividad” (Alvarado et al., 2008, p. 27). Los potenciales del desarrollo humano (afectivo, creativo, comunicativo, ético y político), están relacionados estrechamente con la construcción de ciudadanía y la paz (Alvarado et al., 2008; Alvarado et al., 2011; Loaiza, 2018) mediante su despliegue es posible el fortalecimiento de la capacidad empática, teniendo en cuenta, la doble espiral de relación: con el otro y consigo mismo; en palabras de Riess (2021) “la empatía es un delicado equilibrio entre el reconocimiento de los sentimientos ajenos y el aprendizaje de cómo gestionar nuestros propios sentimientos para poder ayudar a los demás” (p. 25). Por tanto, está íntimamente relacionado con la capacidad de hacernos responsables de la capacidad afectación que tienen nuestras acciones.

De la misma manera, los potenciales tienen un vínculo profundo con la construcción de ciudadanías en la medida en que, para la configuración de relaciones significativas y comprensivas en los procesos de interacción social, se requiere de una comunicación afectiva y asertiva que permita a su vez un diálogo empático que legitime las narraciones y voces de los otros en medio de las diferencias. Así mismo, conlleva la construcción de relaciones de cuidado y la ampliación del círculo ético (Alvarado et al., 2008), lo que implica, cultivar la imaginación empática (Nussbaum, 2014) y establecer vínculos solidarios de cuidado, convirtiéndonos en ciudadanos sensibles ante lo que sucede en el mundo y con el mundo. Para Mockus (2004), la ciudadanía, (…) puede entenderse como un mínimo de humanidad compartida. Ser ciudadano es respetar los derechos de los demás. Asimismo, ser ciudadano implica que está a favor de los procesos colectivos en búsqueda del bien común. Ciudadano, es el que se asocia, se organiza con otros ciudadanos y emprende acciones colectivas en torno a objetivos y tareas de interés compartido. (p. 11) Desde la perspectiva institucional, el MEN (2006), expresa que el concepto de ciudadanía parte de la característica de que los seres humanos viven en sociedad. En este sentido, si se piensa en un contexto como el colombiano, donde prima la interculturalidad, la diversidad biocultural, las interacciones devienen en experiencias políticas que regeneran, o procuran regenerar, los tejidos, tramas y urdimbres de las comunidades. De ahí que, poseer ciudadanía tribute en el reconocimiento de las diferencias y en la igualdad de los derechos. Esta visión de la configuración ciudadana hace notable la presencia de la empatía como gesto social de la participación.

Reflexiones

En el ejercicio democrático, los ciudadanos, como sujetos políticos, deben contribuir al bien común, fomentando así una ciudadanía empática e igualitaria. Martha Nussbaum (2010) señala que, en las últimas décadas, las sociedades democráticas han experimentado cambios drásticos, convirtiendo a los ciudadanos en "máquinas utilitarias" (p. 20) en lugar de individuos capaces de comprender los logros y sufrimientos ajenos. Esta transformación evidencia una preocupante falta de humanidad en nuestras interacciones cotidianas. La escasa participación democrática y la falta de compromiso con el otro demuestran que muchos ciudadanos no reconocen ni cumplen con sus obligaciones sociales. Cada individuo debe ser un ciudadano activo, cooperando inicialmente desde su propio desarrollo personal (Posas, 2009). Sin embargo, en el contexto de la globalización, muchos eluden su compromiso con la sociedad en la que viven. En este sentido, la perspectiva de Martha Nussbaum (2014) sobre la imaginación empática se convierte en un eje central para reconfigurar la educación como un motor de ciudadanía responsable y respetuosa.

La capacidad de imaginar y respetar los pensamientos y las emociones es fundamental para el éxito de la democracia. Si no aprendemos a ver a los demás como seres humanos, la democracia está destinada al fracaso, ya que se basa en el respeto y el interés por el otro (Nussbaum, 2012b, p. 25). Es así como la falta de humanidad y comprensión en nuestras interacciones sociales tiene consecuencias negativas significativas. Desde la marginación y la violencia hasta las políticas públicas injustas y la desigualdad social, la ausencia de empatía debilita el tejido social.

La problematización de la educación desde esta perspectiva nos lleva a cuestionar las prácticas pedagógicas actuales. ¿Estamos realmente preparando a los estudiantes para ser ciudadanos globales que valoren y respeten la diversidad? ¿O estamos limitándonos a formar individuos con competencias técnicas, pero carentes de una comprensión profunda de la interdependencia humana y la justicia social? La educación, tal como se concibe hoy en día en muchos contextos, a menudo subestima la importancia de la empatía y el entendimiento intercultural. Esto resulta en una ciudadanía fragmentada, donde los derechos son reconocidos en teoría, pero no necesariamente protegidos y promovidos en la práctica.

Los desafíos de consolidar ciudadanías empáticas desde el ámbito pedagógico

Como se ha dicho, aunque los puentes entre la empatía, como emoción política, y la ciudadanía están en el mapa, aún no se ha llevado a cabo la expedición a profundidad. Si bien la perspectiva en valores ha caracterizada la formación ciudadana escolar, se ha hecho en gran medida desde moralidades modales que sucumben ante la rapidez de los tiempos. La empatía, como componente capital de la interacción humana y la cohesión social, no ha encontrado aún su lugar en el currículo educativo de manera concreta y práctica. Este desfase entre la teoría y la práctica impide que los estudiantes desarrollen una comprensión profunda y aplicada de la empatía como base para la participación ciudadana activa y comprometida. La dificultad radica en la instalación de políticas públicas y de corrientes teóricas que poco dialogan con la práctica educativa. Ejemplo de ello puede encontrarse en investigaciones como las de Restrepo (2009) o Giroux (2006) en las que los planes de área que contemplan las competencias ciudadanas no explican la forma en que la voz y la historia se unen dentro de las constantes relaciones asimétricas de poder que caracterizan el juego entre las culturas dominantes y las subordinadas. [...] Conforme a este punto de vista, a la historia se la separa del razonamiento moral y se deja el lado oscuro de la racionalidad científica. (p. 96) En ese sentido, pensar estrategias pedagógicas que vinculen la empatía en la configuración de ciudadanías que propendan por un desarrollo humano alternativo, es necesario para convocar agencias de cambio en la educación ciudadana. Desde luego, este paso no puede darse si antes no se considera el papel del currículo en el despliegue de la empatía como dispositivo ético-político.

Con el tema de la ciudadanía como derecho se generan retos importantes para las instituciones educativas en lo que respecta a la educación para ser ciudadanos comprometidos con el bienestar propio y el de los demás, con habilidades para la comunicación asertiva, con capacidad para la solidaridad dentro y fuera de las instituciones educativas. Educar en y para la ciudadanía es formar ciudadanos para la transformación social y para construir sociedades mejores. En Colombia, formar ciudadanos empáticos es una necesidad fundamental para continuar los esfuerzos por construir alternativas para resolver pacíficamente los conflictos en todas las esferas de la vida. Para propiciar el reconocimiento humano, sensible y respetuoso en el marco de la diversidad y superar las prácticas de exclusión y de intolerancia, la crisis ética que embarga al país y lograr relaciones armónicas en cada espacio de interacción social, especialmente en la familia y las instituciones educativas, sobre todo si se tiene en cuenta que los estudiantes conviven gran parte del día con otras personas en las instituciones educativas. Por lo tanto, aprender a conocer y gestionar las emociones es indispensable para prevenir la violencia y afrontar constructivamente los conflictos (Schmidt, 2006).

La educación de las competencias socioemocionales y de potenciales afectivos, ético-morales, y comunicativos facilita que los niños y las niñas aprendan a conectarse empáticamente con las otras personas y a actuar en beneficio del bien común. Pero no son solo los niños y las niñas quienes requieren de este aprendizaje, también se requiere un reaprendizaje emocional en los adultos para gestionar adecuadamente las diferencias, tensiones y conflictos. Se trata de formar ciudadanos con capacidades para resolver diferencias a través del diálogo y con capacidad para imaginar cómo sería estar en la situación o en lugar de la otra persona (Nussbaum, 2005). Esta imaginación empática contribuye para fomentar y fortalecer las competencias socioemocionales, especialmente la empatía y la solidaridad con el otro, el potencial ético moral o como expresa Nussbaum (2010) “constituye una preparación esencial para la interacción moral” (p. 123), en los estudiantes y en los ciudadanos porque esta imaginación empática es fundamental para el cultivo de la humanidad de cada uno.

La inclusión de la imaginación empática en el currículo a través de métodos innovadores puede transformar la educación política, permitiendo que los estudiantes no solo adquieran conocimientos teóricos, sino también habilidades prácticas para la convivencia pacífica y la resolución de conflictos. Esta transformación requiere un esfuerzo coordinado entre los diseñadores de políticas, los educadores y las comunidades para crear un entorno educativo que valore y fomente la empatía y la compasión como bases para la ciudadanía.

Conclusiones

Este artículo ha explorado las posibilidades que ofrece la empatía como emoción política en el contexto de la educación ciudadana, proponiendo su integración en las prácticas pedagógicas para consolidar ciudadanías empáticas en la escuela. Se concluye que la empatía tiene un potencial significativo para transformar la formación ciudadana. Esta transformación requiere un esfuerzo coordinado entre diseñadores de políticas, educadores y comunidades para crear un entorno educativo que valore y fomente la empatía como base para la construcción de ciudadanía. La empatía no solo debe ser entendida como una habilidad emocional, sino como una capacidad política y educativa fundamental para el desarrollo humano y la construcción de una sociedad más justa y equitativa.

Los niños, niñas y jóvenes crecen en el ámbito de una familia en la que las relaciones, la comunicación, la atención, el amor, el respeto y el cuidado son fuente de la empatía. Cuando estos aspectos no se dan porque el ambiente familiar es hostil, negligente o violento, es menos probable que la empatía se manifieste o que las relaciones se fundamenten en el respeto. La educación en el ámbito familiar y escolar influye de manera significativa en la competencia social de la empatía, sobre todo cuando los adultos son ejemplos de ella en las relaciones con los demás.

En la misma línea, de acuerdo con su naturaleza, la escuela como sistema institucional, debe ofrecer este acceso combinado al conocimiento y garantizar tanto la calidad de la educación, relacionada con los valores sociales y académicos que se le atribuyen, como la pertinencia social y cultural. En este sentido, la formación integral y el desarrollo humano, relativo al bienestar de quienes hacen parte de la comunidad educativa, deben insistir en el fomento del reconocimiento de la diferencia, las relaciones de cuidado y solidaridad.

Con tal propósito, la pedagogía en su práctica no puede estar supeditada al avance científico y tecnológico o a la instrumentalización de los saberes culturales, sin extraviar su rumbo. La enseñanza, el aprendizaje y la convivencia ciudadana, no pueden quedar reducidos a ser dispositivos de apropiación mecánica e institucional de los saberes humanos, pues en la perspectiva que se propone desde la empatía, deben estar basados en procesos críticos, amplios, deliberativos, de comprensión e interpretación consciente y contextualizada de las redificaciones que componen la realidad social.


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